El recién jubilado con dos coches
En el Corvette rojo de dos plazas dormía un anciano. Ya lo sospechábamos, pero nuestro nuevo vecino pudo confirmarlo.
Este nuevo vecino de 66 años, a quien llamaremos Dave, es un privilegiado en comparación con el hombre del Corvette. Dave acapara dos plazas de aparcamiento con dos vehículos y, en realidad, solo está esperando a que se venda su casa. De mientras, hace dos meses se compró una furgoneta blanca por 5000 dólares. El sedán Kia negro que está aparcado al lado, en cambio, lo usa para moverse por la ciudad.
La primera noche, Dave duerme en la plaza de aparcamiento contigua a la nuestra; a la noche siguiente se presenta: «Llevo seis años solo, os invito a una cerveza».
Ha trabajado como obrero toda su vida. Con su salario se compró una casa edificada en los años 70 y ahora la vende para mudarse a un estado más barato. Mientras espera a que alguien la compre, vive en el coche, se ducha en el gimnasio gracias a una suscripción mensual de 10 dólares y confía en encontrar pronto un comprador.
Dice que, en cuanto venda la casa, tal vez le regale su vieja furgoneta blanca a una persona sin hogar. La razón por la que no sigue viviendo en su casa hasta que la venda, no nos la aclara.
Nos hemos terminado las cervezas; mientras tanto, más vehículos han ido llegando al gran aparcamiento del gimnasio.
Un autobús verde con girasoles amarillos está estacionado más torcido que derecho en el asfalto nivelado. Desde una furgoneta blanca completamente abarrotada nos observa un gato. Un moderno Mercedes Sprinter aparca a la vuelta de la esquina y una mujer se baja del vehículo con una mochila con un gato dentro. Una vieja caravana, que parece abandonada e inservible, a la mañana siguiente ha desaparecido.
Varios SUV y sedanes aparcan frente al gimnasio. Hay un constante ir y venir de personas durante toda la noche. Algunos regresan a sus casas en coche, pero muchos otros se montan en los asientos traseros de sus coches. Los parasoles sostienen unas cortinas hechas con retales de tela para cubrir las ventanas. Lo que durante el día protege del sol y del calor, oculta por la noche la tenue luz del interior de los vehículos.
Entre bibliotecas y comida rápida: nuestro propio día a día

Pasamos dos semanas en Salt Lake City. Como los campings son carísimos, nos unimos a los habitantes del aparcamiento. Durante el día aprovechamos las máquinas de coser gratuitas y la infraestructura en las bibliotecas públicas. Toca rehacer las cubiertas de nuestro sofá. Para comer, tenemos varias opciones: un puesto de tacos, sushi de seis dólares en el supermercado o el menú de cinco dólares de McDonald’s; desde luego, nada saludable. Al caer la tarde, hacemos algo de deporte en el gimnasio y nos duchamos con agua caliente. Todo gracias a un pase de prueba para las dos semanas. Después, directos al coche: con el techo desplegable cerrado, dormimos abajo, en la estrecha cama inferior.
Nos sentimos incómodos abriendo la tienda de techo en mitad de la ciudad; además, aquí todo el mundo intenta pasar desapercibido. El techo abierto llamaría demasiado la atención, y cada vez quedan menos lugares donde se permita pernoctar en el vehículo. Por eso, preferimos no destacar.
Aunque las circunstancias no son las más cómodas, aprendemos mucho: sobre nuestros vecinos en el aparcamiento, sobre Salt Lake City, sobre los habituales del gimnasio y sobre los lugares más baratos para comer. Con el tiempo, uno también aprende a reconocer los coches habitados.
Isaac y la furgoneta llena de gatos
La furgoneta del gato pertenece a Isaac. Una tarde, cuando Miguel regresa del gimnasio, Isaac le pregunta si quiere asomarse un momento: tiene gatitos recién nacidos. Curioso, como es Miguel, le acompaña y le echa un vistazo al interior.
Es verdad: los pequeños felinos juegan en el habitáculo e Isaac está sentado en su silla de oficina con ruedas. Nos cuenta que, tras su paso por el ejército, regresó con su madre y empezó a tomar psicofármacos. Cuando ella falleció hace dos años, lo único que le quedó fueron los gatos, su furgoneta y el resto de sus pertenencias metidas en un almacén.
Se da vueltas por la ciudad para hacer sus recados y por la tarde se reune con un amigo para darle vueltas al gimnasio en un monopatín eléctrico.
Muchas personas en EE. UU. viven a tiempo completo en sus vehículos


No existen cifras exactas sobre el número de personas que realmente viven en sus coches; es un dato difícil de cuantificar. Algunos se han quedado sin hogar y no pueden pagar un alquiler, pero al menos conservan un techo bajo el que resguardarse gracias a su vehículo. Muchos otros eligen esta vida de manera voluntaria.
¿Pertenecen los overlanders con sus modernísimos Mercedes Sprinter a esta categoría? Más bien no. Hay una gran diferencia entre tener una ducha y una cocina esperándote en casa, aunque sea el coche, y tener que acudir cada noche al gimnasio más barato para disponer de agua corriente y alimentarse de comida para llevar del supermercado.
El fenómeno del vehicular homelessness —como se denomina en Estados Unidos a los sin techo que vive en sus vehículos— varía entre 400 000 y más de un millón de personas, según la fuente. Depende en gran medida de la definición que se utilice: algunos incluyen aquellos que han elegido vivir en el coche, mientras que otros solo contabilizan a las personas sin hogar que, aunque ya no tienen vivienda, aún pueden costearse un vehículo y su seguro.
Según el Departamento de Vivienda y Desarrollo Urbano (HUD), en 2024 había 771 000 personas sin hogar en Estados Unidos. De ellas, se calcula que aproximadamente la mitad vive en sus vehículos. El coche es esencial en un país donde todo está diseñado en torno a él. Por eso, hay muchos que, a pesar de tener un trabajo, no pueden asumir los precios de una vivienda y prefieren prescindir del piso antes que del automóvil.
El trágico final del Corvette rojo
Cuando vives en los aparcamientos, de repente sabes qué coches están habitados, parece evidente. Algunos ejemplos saltan a la vista de inmediato, como esos cacharros que apenas funcionan y que deberían estar en el desguace. Pero también está el sedán azul, el flamante Jeep Cherokee rojo o la vieja camioneta Ford remodelada con delicadeza. O el Corvette rojo que aparcaba cada noche junto al bordillo derecho, bajo el árbol.

Los cristales tintados del deportivo solo permitían adivinar quién se encontraba dentro. Nunca se veía a nadie subir ni bajar. Por la mañana, el biplaza ya se había marchado. El coche parece demasiado estrecho para vivir en él, pero cuando no te queda otra opción, encuentras espacio donde sea. Sin embargo, ¿qué haces si una mañana un camión te embiste el coche y la policía se lo lleva con la grúa? ¿Dónde pasará la noche el anciano ahora? Jamás lo sabremos. Dave solo pudo confirmarnos que nuestra sospecha era cierta: en el Corvette también dormía alguien.
Le contamos esto a nuestros conocidos de la zona. La bibliotecaria de Salt Lake nos comenta que había oído hablar del tema, pero que nunca se había fijado. Cuesta creerlo cuando eres consciente de cuántos son. Por desgracia, la falta de vivienda también afecta a personas con buenos empleos.
El joven bombero
En otro aparcamiento, esta vez de un Walmart, nos encontramos con Matthew. Nos cuenta que es bombero y que también vive en su coche. Matthew es joven y, como se encarga de los incendios forestales, cada verano lo destinan a una zona diferente. Además, tienen turnos de guardia de 14 días. Cuando no está en el bosque combatiendo las llamas, duerme a veces en el parque de bomberos o en el coche en cualquier punto de la ciudad. Para él, no vale la pena alquilar un piso; al fin, solo pasaría allí una semana al mes.
Esta noche está de guardia, esperando a que lo llamen. Ha pasado el día en un centro comercial, ha entrenado y se ha duchado allí mismo. Ahora busca un lugar oscuro para estacionar y monta su pequeña litera en la parte trasera de la camioneta. Ha cenado comida rápida; aunque tiene un pequeño hornillo, asegura que no le compensa cocinar para él solo.
En este aparcamiento de Walmart, poco antes de medianoche, contamos al menos cinco coches con personas durmiendo dentro. Probablemente sean más, porque hay muchos otros vehículos estacionados en los que resulta imposible percatarse de nada.
La desconocida del Jeep rojo
Ocurre lo mismo con el Cherokee rojo. Si no aparcara todas las noches en el mismo sitio, justo al lado de nosotros, probablemente ni lo habríamos notado. El coche se ve nuevo, bien cuidado y limpio. ¿Quién vive dentro? No lo sabemos con certeza. Es una mujer, afroamericana o latina.
Antes de aparcar marcha atrás —y a ciegas—, siempre corre una cortina. Durante estas dos semanas, nunca la vimos bajarse del vehículo. A veces, por la noche, se vislumbra el brillo de la pantalla de un móvil a través de las rendijas. Solo la vimos una vez, al pasar con el coche rápidamente.
El cuarenta por ciento de las personas sin hogar en 2024 eran mujeres. Muchas de ellas viven en vehículos porque se sienten más seguras. Y, aun así, parece que tampoco se sienten demasiado seguras. Es evidente que nuestra vecina no quiere que nadie sepa que es una mujer y, aún menos, que duerme sola en el coche.
Les preguntamos a los otros que hemos ido conociendo en el aparcamiento: ellos tampoco la conocen. Nadie sabe cómo se llama ni qué aspecto tiene. Solo el impecable Jeep rojo y sus horarios regulares permiten deducir que tiene un trabajo al que acude cada día.
Menos y, de algún modo, más

Aunque las estadísticas oficiales hablaban de un descenso en las cifras hace años, lo cierto es que, desde la pandemia y la posterior inflación, el número de personas sin vivienda se ha vuelto a disparar drásticamente, y la cifra real oculta en los coches es gigantesca.
La vida en un vehículo no es agradable. La mayoría carece de comodidades básicas como un baño o una cocina. Son turismos corrientes, como los que se ven a diario en las calles. Solo que, por la noche, el asiento trasero se convierte, en el mejor de los casos, en una cama.
Resulta complicado resolver la logística diaria: la comida, el baño, la ducha. A esto se suma la burocracia, ya que no disponen de una dirección postal fija.
Nosotros disfrutamos de un equipamiento de lujo en comparación, y hemos elegido esta vida. Estar obligado a pasar cada noche a solas, sin saber si la policía llamará a la ventanilla o si cerrarán el aparcamiento, pensando dónde y qué vas a comer, no es, desde luego, algo deseable.
El problema es mucho mayor de lo que muchos imaginan. Al principio apenas se nota, hasta que entrenas la mirada.
Entonces, de repente, empiezas a ver coches habitados por todas partes.

