De Tacos a Waymos: El mundo tecnológico de California

Ni un cartel que de la bienvenida cuelga a lo largo del muro, tampoco es que haya algún otro indicio sobre el siguiente país al que vamos a entrar. Solo hay puestecitos mexicanos en los que venden los últimos tacos auténticos a cualquiera que esté esperando en la cola. El primer contacto con las autoridades del nuevo país, los agentes fronterizos, deja claro que la calidez y la hospitalidad ya no son gratis aquí.

La tierra de las oportunidades infinitas no nos recibe con los brazos abiertos —al menos esa es la experiencia en la frontera terrestre entre México y EE. UU.—, pero aun así nos dejan entrar. Y, de repente, nos encontramos conduciendo por la autopista dirección hacia el futuro, de lleno al Golden State de California.

Una mirada al pasado y otra al futuro

El muelle de Santa Monica al atardecer lleno de gente.

Las pistas arenosas quedan atrás, se ensanchan y acaban en asfalto, en carreteras cada vez más amplias. La entrada a San Diego por una autopista de diez carriles es un contraste enorme al aislamiento de Baja California. Intentamos comprender el presente (¿o más bien ya el futuro?) que vivimos en el planeta Tierra. Para ello, desde el aparcamiento más caro del viaje —eso sí, con una vista excelente— contemplamos el portaaviones moderno más antiguo, el USS Midway. Queremos informarnos acerca de cómo empezó todo lo que está pasando en Oriente Medio, porque allí es donde se encuentra a la hora de la visita el portaaviones más grande jamás construido, el USS Gerald Ford.

La conclusión del día: los estadounidenses son expertos en crear museos. El USS Midway muestra de manera impresionante el poderío que este país ya poseía al final de la Segunda Guerra Mundial. Veteranos que sirvieron en el propio barco cuando la edad media de los soldados a bordo apenas rondaba los 19 años relatan cómo los días en la cubierta inferior, muy iluminada pero a la vez oscura, parecían no tener fin. El sol solo lo veían los aviadores privilegiados, y aun así solo cuando tocaba catapultar los aviones al aire. Hoy en día, la situación no debe de ser muy diferente para los jóvenes soldados en el mar.

Por la noche, una estrella fugaz interminable ilumina el cielo de San Diego. Pero la estela de condensación más grande que jamás hayamos visto no es de origen natural: es un cohete Falcon 9. Como cada semana, SpaceX envía la siguiente tanda de satélites Starlink a la órbita; nos explican dos noctámbulos veinteañeros. El primer día nos muestra que aquí sentan las bases del futuro, nos guste o no.

Un zoológico humano y un coche fantasma

A través de inmensas autopistas, tan anchas que una ballena azul podrían tomar el sol a lo ancho en ellas, conducimos hacia Los Ángeles. E instantáneamente mutamos en visitantes de un zoológico muy particular. Recorremos el famoso paseo marítimo que lleva desde Venice Beach al muelle de Santa Mónica.

Una auténtica aventura urbana que no deja de sorprender: hay skaters haciendo equilibrios y atletas sacando músculos y entrenando la última repetición, hay hippies con pelos salvajes y punks con pelos tan chillones como un pájaro exótico, bañistas que se revuelcan en la playa como leones marinos y corredores sudosos buscando camino. Y entre ellos, los turistas que huyen de las gaviotas como si Hitchcock estuviera dirigiendo la escena. Con tanto «zoológico humano», casi pasamos por alto una jirafa real disecada en medio de una galería de dos pisos.

¿Y nosotros? Buscamos fascinados el camino a través de la jungla de hormigón, casi como si estuviéramos buscando serpientes en la selva por la noche. ¿Qué habrá tras la próxima esquina?

En EE.UU. se ven muchos Cybertrucks, sobre todo en California.
El exterior del Waymo con todos los sensores y radarees, en este caso un Jaguar modificado.
El interior de los taxis de Waymo con Miguel de copiloto.

El camino de vuelta se convierte entonces en un auténtico viaje en un coche fantasma. El amigo de Cora, que hemos ido a visitar en LA, lo ha organizado todo: un saludo a través de la aplicación, las puertas se abren y nos subimos. Un intercomunicador mudo parece susurrarnos: «Siéntense cómodos en los asientos de cuero del Jaguar. No olviden abrocharse el cinturón». Un fantasma moderno, guiado por sensores, radares, lídares y cámaras, acelera y se incorpora agradablemente al tráfico.

Los taxis Waymo son un hito absurdo. Lo escalofriante no es cómo conducen —conducen de forma asombrosamente correcta, previsora y agradable—. Lo verdaderamente terrorífico es mirar el volante del asiento del conductor vacío, que gira como por arte de magia. Y sin embargo, uno se acostumbra a ello demasiado rápido.

Este ambiente de ciencia ficción encaja a la perfección con el colorido bullicio que rodea a las estrellas de Hollywood. En el Walk of Fame no tropezamos con estrellas reales debido a todo el personal de seguridad, pero a cambio es una auténtica carrera de obstáculos entre robots de reparto que ruedan por la acera como Wall-E.

La huida hacia el General

Por la noche, regresamos a casa en un coche pilotado por nuestro amigo humano. Allí nos espera la mamá chino-vietnamita con rollitos de primavera, la mejor cena que tendremos en todo EE. UU.

General Sherman con Miguel delante.

Hemos visto tantas cosas modernas que podrían ser parte de nuestro futuro próximo. Pero después de este mundo altamente tecnologizado, sentimos de nuevo la llamada de la naturaleza y huimos hacia donde, desde hace seguramente 2000 años, el General Sherman vigila que todo siga como es debido. Nos vamos a visitar las secuoyas gigantes en el Parque Nacional de las Secuoyas. Después de todo, no hemos mutado por completo en urbanitas.


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