No suena tan idílico como dormir bajo palmeras, pero en realidad es mucho menos peligroso —a pesar de las espinas—, ya que al menos no te va a caer un coco o una rama en la cabeza.
Por todos lados hay arena, arena y más arena. Cosa que se espera en una playa, pero aquí, en el corazón de la península, el viento trae un fino polvo que se mete hasta los rincones más ocultos. No hay oreja que quede limpia. En algún momento te preguntas: ¿sigue intacto el oído? ¿De dónde viene este zumbido constante? ¿Del mar lejano, de las ruedas rodando o simplemente es el viento incesante?
La Carretera Federal 1 tiene más de 1700 kilómetros que transcurren a través del árido paisaje desértico de la península Baja California, en el norte de México. Los trayectos interminables, en una carretera solo bordeada de pequeños arbustos y ante un viento fuerte y constante, dejan mucho tiempo para pensar… o para aburrirse.
Aunque hay pequeños tramos que aportan algo de variedad: un diminuto oasis con palmeras verdes, montañas de un rojo intenso, el destello azul del agua. Pero los verdaderos tesoros de la península de Baja California no se encuentran exactamente a lo largo de la Carretera Transpeninsular. Aquí solo gana quien se atreve a desviarse hacia lo desconocido.
Un camino imprevisto
No hay muchas carreteras por aquí, y pavimentadas menos aún. El espíritu de aventura es nuestro mejor aliado en este viaje. Tras pasar el pequeño poblado de Francisco Mújica, giramos a la derecha, adentrándonos en lo desconocido, guiados por Google Maps. El asfalto cede el paso a la arena, toca bajarle la presión a los neumáticos para no quedarnos atascados.
Pasamos junto a un asentamiento que parece estar medio dormido. Las ruinas de las casas inacabadas dan la impresión de estar olvidadas, pero el desierto engaña: todavía extraen algo de petróleo y frente a un par de puertas ondean cortinas nuevas que buscan dejar pasar la brisa fresca y mantener el polvo afuera.
El camino continúa y los letreros señalan el rumbo hacia ranchos bien alejados. La arena sigue, pero la naturaleza empieza a cambiar. Los pequeños cactus se vuelven cada vez más grandes; los bultos verdes crecen hasta convertirse en verdaderos árboles. De pronto, nos encontramos en medio de nuestro primer auténtico bosque de cactus. El camino serpentea rozándolos apenas – toca tener cuidado con las espinas.
Sin embargo, después de tanto tiempo viajando, deberíamos haber sabido que no hay que confiar ciegamente en Google. Tras 40 kilómetros nos topamos con un cartel: Propiedad privada, prohibido el paso.

Toca plan B: descifrar imágenes satelitales
Un pequeño desvío, que se ve en las imágenes de satélite, parece ser nuestra salvación. El camino está repleto de pisadas de vacas y sugiere que hace mucho tiempo que no pasa un vehículo por ahí. El camino, que ya era estrecho, se vuelve aún más angosto; sin embargo, dar la vuelta significaría una enorme pérdida de tiempo. La pista de arena sigue, se forman pequeñas colinas, parece que nos hemos montado en una mini montaña rusa. Una que acaba en el camino de tierra que lleva a Pozo Alemán.

La fiebre del oro se extinguió hace mucho. La mayoría de las casas y edificios llevan tiempo abandonados. Pozo Alemán es un pueblo fantasma, un vestigio del auge minero de finales del siglo XIX. Aunque parece que nadie vive aquí desde hace una eternidad, el cementerio resplandece bajo un mar de llamativas flores de plástico.

Un letrero sigue advirtiendo de que es propiedad privada, mientras un solitario y antiguo molino de viento chirría. Y algo realmente sorprendente: un candado moderno que cierra una puerta con cadena ha sobrevivido. ¿Qué habrá detrás?

El sol se oculta tras las lomas y, antes de que los fantasmas nos alcancen, decidimos seguir camino. La mejor decisión del día.
Un atardecer sobre el mar de cactus
La pista de tierra, ya sumida en la sombra, nos lleva a través de las colinas a un enorme valle ovalado. Los últimos rayos de sol hacen que el bosque de cactus resplandezca en un verde intenso. Hemos encontrado el lugar perfecto para pasar la noche.
Si el pequeño bosque del mediodía ya nos había impresionado, este nos deja sin palabras. Los longevos cactus cardón (Pachycereus pringlei), de lento crecimiento, seguramente ya estaban aquí cuando Pozo Alemán estaba habitado, y probablemente incluso ya antes. El cardón es de los cactus más grandes del mundo, alcanza hasta 19 metros de altura y un metro de diámetro. Es similar a los saguaros, sus primos, pero hay que ser experto para diferenciarlos –cosa buena de que en la Baja no crecen saguaros, no hay forma de equivocarse al identificarlos.


Hay bosques de cactus a lo largo de toda la península de Baja California, algunos más conocidos, otros menos. Nos abrimos paso por este valle completamente solos, justo antes de que el sol desaparezca por completo.
A izquierda y derecha crecen cactus de todas las formas, tamaños y colores. Las primeras flores recuerda que la primavera, incluso en un desierto, que a la vuelta de la esquina. Los gigantescos cardones caídos y secos muestran la asombrosa capacidad de almacenamiento de estas plantas: 2000 a 3000 litros de agua caben. Y mientras la mayoría de estas plantas espinosas crecen erguidas, se mezclan entre ellas algunos troncos bizarros que parecen zanahorias borrachas puestas al revés.
El cirio (Fouquieria columnaris) ni siquiera es un cactus, pero su apariencia rompe con toda la jerarquía de este bosque. Esta suculenta de tronco grueso y leñoso en la base pertenece a la familia de los ocotillos; crece alto, como una rama solitaria y vertical de la que brotan hojas diminutas. Los ejemplares jóvenes se mantienen firmes y erguidos, mientras que los más viejos forman curvas extrañas… ¿o será la joroba de la edad que empieza a asomar?
En Baja California existen más de 100 especies de cactus. Un espectáculo incrédulo. Un lugar tan seco, como es el desierto, se viste de verde. Lo que para nosotros son árboles gigantescos, desde el espacio son simples puntos. Un gran contraste entre las imágenes satelitales y lo que vemos con los pies en la tierra.
Una visita nocturna a los espíritus de los cochimíes
Los espíritus del pasado no nos dejan descansar aún. Aprovechamos la luz de la luna y subimos la colina con la idea de encontrar algún que otro animal nocturno. Sin embargo, la noche parece demasiado clara y solo se deja ver un diminuto escorpión.
En cambio, algo completamente distinto nos cautiva en la oscuridad: pinturas rupestres. Bajo la tenue luz, las figuras rojas y negras cobran vida en las paredes rocosas. Tienen los brazos extendidos, como si llevasen dando la bienvenida a los visitantes desde hace milenios. La edad exacta de las pinturas sigue siendo un misterio. Mientras algunas estimaciones datan su origen hace unos 3000 años, otras sugieren que los antiguos cochimíes ya habían dejado su huella aquí alrededor del 5000 a. C.

De regreso en nuestro campamento, nos metemos a la cama con una última mirada a través de las ramas de los cactus iluminadas por la luna. Dormir bajo estos gigantes espinosos transmite una tranquilidad extraña: no hay rama que cruja, solo las imponentes y oscuras siluetas de los cardones que velan nuestro sueño en pleno silencio.
A la mañana siguiente nos aventuramos de nuevo hacia la cueva. Bajo los primeros rayos del amanecer buscamos otra vez al felino más grande de la región, el puma, pero este prefiere quedarse como pintura rupestre en lugar de mostrarse en carne y hueso.

La tormenta en la costa nos guía hacia el dragón del desierto
La pista se vuelve más accidentada. Descendemos en curvas cerradas que nos exigen total concentración al volante y a través de ranchos solitarios. Con los ojos lacrimosos de tanto polvo, vemos caballos al borde del camino como si nos guiasen en la ruta. El paisaje cambia: los colosos espinosos ceden el paso a un matorral bajo y seco que se aferra con terquedad a la roca. Nos parece un misterio de dónde extraen energía estas raíces.

Pequeñas lagartijas se calientan al sol; otras más grandes brillan con destellos dorados y escapan a toda velocidad en cuanto nos acercamos. La lagartija espinosa de la Baja (Sceloporus zosteromus) no parece querernos demasiado, pasamos el día jugando al pilla-pilla con estas escurridizas criaturas.

La costa se aproxima tras más de 150 kilómetros. El aire se vuelve húmedo y una densa niebla nos envuelve. La temperatura desciende de golpe. Cuanto más nos acercamos al litoral, menos vemos. Al llegar a la playa, nos topamos con una densa pared blanca –así va a ser imposible ver ballenas. Huele a algas en descomposición y todo parece aún más abandonado que en el pueblo fantasma. Decidimos dar la vuelta y continuar la ruta. Y, una vez más, es la decisión correcta.


En otra larga y rectilínea pista de tierra, Miguel grita de repente: «¡Para!». Ahí está por fin, perfectamente camuflada a la orilla del camino: un pequeño camaleón sudcaliforniano o lagartija cornuda del litoral (Phrynosoma coronatum). Su nombre tosco no le hace justicia, porque este pequeño «dragón» aplanado y de tonos ligeramente rosados es absolutamente fascinante.

Sus «peligrosas» espinas son puro engaño, al tacto resultan sorprendentemente blandas. Sin embargo, para defenderse de zorros y coyotes, estas lagartijas emplean una táctica insólita: aumentan la presión sanguínea en su cabeza hasta que rompen los pequeños vasos ópticos, disparando chorros de sangre. Por fortuna, el pequeño animal no utiliza la táctica autohemorrágica con nosotros. Para nuestro gran hallazgo, el encuentro se reduce a una breve sesión de fotos antes de devolverlo a la libertad de su entorno.
Salchichas alemanas a las brasas de cactus
Esta noche nos quedamos a dormir en medio del cauce seco de un arroyo. No es la opción más segura, pero en plena temporada de sequía el riesgo es mínimo. Una fogata crepitante con madera de cactus (que arde con rapidez) y arbustos secos nos da calor en la fría noche desértica, ofreciéndonos al mismo tiempo las brasas perfectas para cocinar una merecida salchicha alemana como cena.
AmA la mañana siguiente, ya casi alcanzamos de nuevo la civilización. El camino mejora, los cactus se van perdiendo en el espejo retrovisor y, de repente, emerge al fondo el destello azul de la Bahía de los Ángeles.
Tres días de viaje por un desierto árido y lleno de vida oculta terminan exactamente aquí: con un lugar para acampar frente a la bahía y un león marino dándonos la bienvenida. Apagamos el motor, barremos la arena que se ha adentrado en el coche y nos quitamos el polvo del cuerpo con un chapuzón en el agua fría. El viaje por el interior ha terminado; la próxima aventura ya nos espera en el mar.

