Tres ballenas, tres mundos

Visitando a rezagadas, neosaltarines y un gigante algo flaco frente a la Baja California

Casi llegamos tarde, y vaya que lo notamos; pero bueno, solo llegamos casi tarde. La mayoría de las ballenas grises ya se han marchado cuando visitamos la bahía de La Almeja, pero aun así uno de los pescadores nos saca al mar. Allí donde el mar pasa a ser una bahía. Todo a la suerte, a ver si por casualidad sigue merodeando alguna de estas ballenas.

La ballena gris que es una rezagada

En los meses de verano, las ballenas grises se dedican por completo a llenarse el estómago en las ricas aguas del mar de Bering. Pero los meses de invierno escapan a las aguas más cálidas de la Baja California. En estas bahías, protegidas de las orcas, dan a luz a las crías.

Salimos a todo gas hacia la apertura de la bahía. Grandes olas de fondo se extienden a lo largo de la costa que colinda con la isla Santa Margarita, sin embargo, en el medio del mar apenas se siente el oleaje, hasta que una ola un poco más grande rompe donde no debe. Nuestro capitán se mantiene siempre alerta, buscando con la mirada tanto ballenas como olas.

Una ballena gris nadando de espaldas haciendo spyhopping. ©M.Schumacher
A veces también nada tranquilamente la ballena gris. ©M.Schumacher

Cuando llegamos, solo quedan algunos machos jóvenes, los últimos rezagados de la bahía La Almeja. Las hembras con sus crías ya van de camino al norte. Y es que les queda un largo trayecto por delante. Las ballenas grises tienen la ruta migratoria más larga de todos los cetáceos: nadan más de 10 000 kilómetros al año, en una dirección, entre Alaska und México.

Todo está muy tranquilo en esta época del año; incluso podría darse el caso de que no veamos ninguna ballena. En temporada alta, en febrero, la imagen es diferente: hasta 200 ballenas buscan refugio en estas aguas poco profundas. Porque allá afuera, en la profundidad del mar abierto, las lentas ballenas grises –y sobre todo sus ballenatos– están a merced de las veloces orcas.

De peces diablo perseguidos a monstruos mimosos

Sin embargo, el mayor enemigo de la ballena gris sigue siendo el ser humano. En el Atlántico ya se extinguieron hacia el año 1700, por lo que hoy en día solo queda la población del Pacífico norte. E incluso esta estuvo a punto de desaparecer hasta que fue protegida en 1947. Como a las ballenas grises les gusta quedarse cerca de la costa y no son nadadoras veloces, eran una presa fácil, incluso para balleneros torpes.

Los pescadores solo tenían que cuidarse de las madres. Estos peces diablo atacaban furiosos a los balleneros para proteger a sus crías. Hoy son animales muy queridos, conocidos por acercarse a las embarcaciones para dejarse rascar por la gente. El motivo de este comportamiento aún es un misterio.

A nosotros nos toca esperar, y de todos modos es casi imposible que veamos madres con crías. Grandes bancos de peces agitan el agua justo bajo la superficie mientras las aves esperan el momento idóneo para lanzarse en picado. De pronto, vemos un pequeño soplido y aparece la cabeza puntiaguda de una ballena gris, asomando del agua como una boya.

Las ballenas grises no saltan de forma spectacular como las jorobadas; ellas hacen spyhopping. Se impulsan con la cabeza y el torso verticalmente fuera del agua para dejarse caer de inmediato. Casi como una botella olvidada entre el oleaje. Poco después, tras una rápida pasada por las playas repletas como si fuera agosto de pelícanos y cormoranes, ya estamos de regreso a tierra firme.

Tan lento como nadan estas ballenas, igual de rápido se termina este encuentro íntimo con un ejemplar que parece haberse olvidado un poco del tiempo.

Las ballenas jorobadas que aprenden a saltar

Una cría aprende a saltar cerca de la costa. ©M.Schumacher
En alta mar nadan una madre con su cría de ballena jorobada acompañadas de un macho. ©M.Schumacher

Mientras tanto, la temporada alta de las ballenas jorobadas está en pleno apogeo. A lo largo de la costa sur de la Baja California, el agua salpica y resuena por todas partes. Los ballenatos aprenden a saltar y a los adultos les toca dar ejemplo.

Hay ballenas jorobadas en todos los océanos del mundo. Ya coincidimos con ellas en Centroamérica, pero un espectáculo como el de la Baja California no lo habíamos visto nunca. Los días pasan volando –o se desvanecen con la corriente– mientras contemplamos el agua, buscando constantemente a estos gigantes activos.

Los ballenatos, de apenas cinco metros de largo, todavía se muestran un poco torpes, mientras que la madre, casi tres veces más grande, se catapulta fuera del agua. Un estruendo que escuchamos incluso a un kilómetro de distancia, en la playa. El motivo exacto de estos saltos sigue siendo una incógnita: podría ser para librarse de parásitos, por puro juego o para comunicarse. Y si el salto no hace suficiente ruido, golpean el agua con las aletas. Los impactos de la aleta pectoral o de la cola contra la superficie suenan casi como un planchazo desde un trampolín de tres metros.

Una canción sin fin

Cuando ya hemos visto suficiente desde la playa, nos aventuramos al agua en lancha. Nos habría encantado salir directamente con nuestras propias tablas de SUP o algo similar, pero no hubo forma de conseguir nada. Y una vez más, ahí están: madre y cría nadando plácidamente. De vez en cuando se les une algún macho; la mayoría de las veces las madres los toleran como protección frente a las orcas. Al fin y al cabo, a las orcas les encantan los ballenatos tiernos, especialmente la lengua.

Bajo el agua, las jorobadas también se hacen notar. Aunque estén tan lejos que no se las pueda ver, se las escucha perfectamente. Gracias a una laringe con una morfología especial, las ballenas jorobadas pueden reciclar el aire inspirado una y otra vez para entonar largas melodías. Sí, exacto, canciones enteras, incluso con estrofas que se repiten. Y las aprenden desde pequeñas, de modo que la misma población canta la misma canción, e incluso las van adaptando al éxito de la temporada.

La ballena azul que está algo flaca

Ahora solo nos falta por ver una última ballena que también habita en el famoso Acuario del mundo de Cousteau: la ballena azul.

La sombra de la ballena azul bajo el agua con el barquito al lado. ©M.Schumacher

Nuestra esperanza de divisar al animal más grande de la Tierra es poca. Las esquivas ballenas azules rara vez saltan. No es de extrañar, tampoco es tarea fácil levantar 150 toneladas fuera del agua. Aunque nuestro ejemplar probablemente no pese tanto.

La única ballena azul que avistamos desde la embarcación parece estar en los huesos. Si bien las ballenas azules poseen de por sí un cuerpo esbelto e hidrodinámico, en esta se aprecian claramente las vértebras marcadas bajo la piel. Aun así, resulta impresionante.

Una ballena más que espectacular es la azul. ©M.Schumacher

Un inmenso fantasma blanco emerge de las profundidades. El hocico rompe la superficie, pero los ojos permanecen sumergidos. Su movimiento ondulante saca del agua el punto más alto: el espiráculo. El soplido se eleva como una fuente hasta doce metros en el aire. Luego vuelve a sumergirse, no sin antes exhibir toda su columna vertebral. Al final, asoma la aleta caudal, más grande que nuestra lancha, y la ballena vuelve a desaparecer bajo el agua.

Nuestro flaco rorcual azul mide el triple que nuestra pequeña embarcación de unos siete metros, y el doble de ancho. Dicen que su corazón es del tamaño de un Volkswagen Escarabajo y su lengua pesa unas cuatro toneladas, más que nuestro Land Cruiser totalmente cargado. Ante el encuentro con un ejemplar flaco del ser vivo más grande que jamás haya existido en la Tierra, uno se siente, de todos modos, diminuto.

El reloj que nos empuja a continuar el viaje

Durante horas, o más bien días, nos quedamos contemplando el agua. Las ballenas, delfines, rayas y peces, los lobos marinos y tortugas marinas, las aves y cangrejos no paran de entreternos en un espectáculo sin fin. No hay forma de aburrirse, pero el tiempo se agota. El reloj corre. Es hora de continuar el viaje.

Con el corazón encogido nos despedimos de las hermosas playas del sur de la Baja California. Toca ir en busca de otros gigantes, esta vez del mundo vegetal. Para ello, cambiamos la sal por el polvo. Por suerte, sabemos que al final de la ruta nos aguarda de nuevo un chapuzón en la fría agua del mar.

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