De vaqueros a cowboys

Der mexikanische Ursprung des Wilden Westens

Algo sorprendidos, nos encontramos frente a las puertas del Muvaca, el Museo del Vaquero de las Californias. ¿Qué tendrá que ver este lugar tan árido con el arte del arreo que inmortalizaron las películas estadounidenses? Pues parece ser que mucho más de lo que imaginábamos antes de cruzar sus puertas. Tras recorrer pasillos llenos de  sillas de montar y vestimentas de cuero históricas, descubrimos una historia fascinante: unos vaqueros cuyo legado llegó mucho más lejos de lo que ellos mismos alcanzaron a soñar.

Y es que Norteamérica y los vaqueros parecen una unidad inseparable, el alma del Salvaje Oeste. Sin embargo, la silueta icónica del jinete con sombrero y espuelas no nació en las llanuras de Texas, sino en el México virreinal. Antes de ser cowboys, fueron vaqueros.

Los españoles se encontraron perros y pavos a su llegada a la tierra mexica. Los pueblos indígenas no conocían la ganadería trashumante; se dedicaban a la caza de los animales que había en la zona y a la agricultura, y transportaban las mercancías con personas. En América del Sur habían domesticado a las alpacas y las llamas, y criaban cuys.

Filete de caimán, maíz, tomate, una bebida marrón que llamaban cacao y quién sabe qué otras exquisiteces les ofrecieron a los primeros conquistadores. Me los imagino perdidos ante una mesa llena de comidas exóticas. Y, obviamente, no tardaron en traer lo suyo.

En los viajes posteriores, Colón llevó consigo su ganado. Cerdos, vacas, ovejas, cabras y aves de corral desembarcaron como si el Arca de Noé europea hubiese llegado a América. Cabe preguntarse si fue un rescate bíblico o más bien una bajada al infierno para los pueblos americanos. Sin duda alguna, sin embargo, fue el comienzo del mundo vaquero.

A diestra mano de la India existe una isla llamada California

En toda la península de Baja California hay enormes cactus.

«A diestra mano de la India existe una isla llamada California muy cerca de un costado del Paraíso Terrenal; y estaba poblada por mujeres negras, sin que existiera allí un hombre, pues vivían a la manera de las amazonas» decía la vieja novela de caballerías Las sergas de Esplandián.

Inspirados por esos mitos, los europeos «descubrieron» la península de Baja California gracias a las incursiones financiadas por Hernán Cortés. No obstante, no fue hasta el 3 de mayo de 1535 que Hernán Cortés pisó lo que hoy es la bahía de La Paz, en su tercer intento. La primera expedición fracasó y, en la segunda, el barco se amotinó bajo el mando de Fortún Jiménez, lo que marcaría el trágico destino del viaje. Creyeron haber llegado a una isla rica en perlas y oro, habitada solo por mujeres indígenas negras. Tras la llegada de los europeos, que supuso una catástrofe para las mujeres pericúes que habitaban entonces el sur de la península, el pueblo se defendió asesinando al amotinador.

El asentamiento europeo en lo que hoy se conoce como la península de Baja California tardó en llegar. La extrema aridez, el terreno escarpado y la falta de suministros desalentaban a los colonos a establecerse allí. Así que tuvieron que empezar a innovar, y ¿quiénes mejor para ello que los jesuitas?

En 1683 se fundó la primera misión jesuita en Baja California, y con ella los primeros ranchos ganaderos bovinos. En esos amplios espacios tan áridos, los misioneros se dieron cuenta de que no podían pastorear las vacas como se hacía tradicionalmente. Por fortuna, no estaban completamente perdidos, ya que en la Península Ibérica ya se conocía el sistema de hacienda, en el que los grandes rebaños necesitaban recorrer amplias tierras para alcanzar el forraje necesario. Así, en lugar de acompañar al ganado a pie, lo hicieron a caballo.

¿Un regreso a casa para el caballo?

Hace 10 000 años, el antecesor del caballo, que habitaba entonces el continente americano, se extinguió junto a otra megafauna. No fue hasta el siglo XV cuando el animal (ya evolucionado) volvió a pisar esas tierras. Lo hizo para convertirse en un pilar esencial de la economía ganadera de toda una región.

Los vaqueros acompañaban a sus rebaños a caballo, con chaparreras de cuero en las piernas y sobre el lomo del animal para protegerse de las espinas de los cactus y arbustos. Una vestimenta que hoy parece un adorno, pero que en realidad era una armadura contra la naturaleza.

El número de ranchos aumentó y se expandieron hasta la Alta California, uno de los estados mexicanos que comprendía lo que hoy son California, Utah, Nevada y partes de Arizona, Colorado y Wyoming en EE.UU.

Vaqueros convertidos en buckaroos y cowboys

Diferentes uniformes de la época de Nueva España.
Una antigua silla de montar vaquera, igual a las que usan hoy en día.

Sin embargo, la guerra entre México y EE. UU. en 1848 terminó con la cesión de vastos territorios a Estados Unidos, entre ellos California, que se convirtió en el 31.er estado en 1850. La cultura de los ranchos y la vida vaquera ya se habían instaurado en la región y perduran hasta hoy, adaptadas a la vida moderna. Los vaqueros de California y de la región de la Gran Cuenca siguen llamándose «buckaroos», la adaptación inglesa de «vaquero».

Por otra parte, en la Texas de la Nueva España, los maestros hípicos arreaban el ganado longhorn, un ganado resistente a la sequía y con sus inmensos cuernos de hasta 2,4 metros. A partir de 1860, comenzaron las largas rutas hacia el norte para trasladar el ganado de los pastos a los puntos de comercialización de la carne. Un trayecto podía durar hasta seis meses, desde Texas hasta Montana.

Entonces es cuando la figura del cowboy adquiere aún mayor importancia como salvaguarda de los intereses de los rancheros. Llevaban entre dos mil y cinco mil cabezas de ganado de diferentes haciendas, cada una con su marca. Era un gran rompecabezas del que salían airosos por historias, más que por dinero. No se trataba de un trabajo bien pagado.

Al final, la cultura vaquera se integró tanto que el cowboy y el buckaroo se mimetizaron de tal forma con la cultura estadounidense que el cine y el mito terminaron por borrar sus verdaderas raíces latinas.

Aunque parece ser que en el sur de Baja California, un pequeño museo ha conseguido rememorar todo un legado.

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