Crónica de un viaje por Nicaragua
Al cruzar Nicaragua, hay algo que golpea la vista de cualquier viajero de inmediato. No son volcanes ni selva ni la playa, sino árboles enormes de colores chillones que brotan en mitad de rotondas. Bautizados oficialmente como “árboles de la vida”, aunque carecen de ella: son estructuras de metal, inertes.
Resulta casi absurdo. En un país con una biodiversidad y una riqueza forestal envidiable, el monumento que usa el gobierno para representarlos es un esqueleto de hierro sin una pizca de savia, pero con muchos colores: rojo, amarillo, verde, azul, rosa.

El origen de los chayopalos
Estos árboles no brotaron de la tierra; se erigieron por primera vez en 2013 por orden de Rosario Murillo, esposa de Daniel Ortega y vicepresidenta desde 2017, para conmemorar el 34° aniversario de la revolución sandinista. Lo que se vendió como un plan de embellecimiento para Managua terminó siendo el sello personal de la «Chayo» (su mote).
HHoy se les conoce como chayopalos o arbolatas. Se estima que hay unos 150 o más repartidos por el país, cada uno iluminado por más de dos millones de bombillas. Las teorías sobre su existencia oscilan entre lo artístico y lo puramente esotérico, reflejando las creencias espirituales de una vicepresidenta famosa por sus atuendos cargados de amuletos y colores.
Lo que no es teórico en absoluto es el coste: cada árbol supone entre 25 000 y 40 000 dólares estadounidenses, sin contar la astronómica factura eléctrica anual. En un país con las necesidades de Nicaragua, ese dinero claramente podría invertirse en mejoras más urgentes.
Un país bajo llave
Cuando estuvimos allí antes de Navidad, los árboles casi pasaban por decoración festiva. Pero tras la luz de sus bombillas se esconde una realidad oscura. En 2018, durante las protestas sociales, muchos fueron derribados como símbolo de rebelión. Desde entonces, la paranoia de la cúpula estatal ha aumentado y lo que fue una democracia es ahora una dictadura plena.
DLa desconfianza del régimen hacia el exterior ha llegado a puntos extremos. Está prohibido cualquier objeto que «huela» a espionaje: drones, binoculares (especialmente si son de visión nocturna) o cámaras profesionales. Hubo incluso un tiempo en que los viajeros no podían ni llevar cuchillos, aunque viajasen en casa rodante.
Para quienes vivimos en el coche con todos nuestros enseres, esto es un reto logístico. Tuvimos que prepararnos a conciencia: escondimos todo lo que pudimos para que no quedara a la vista, incluyendo el machete, la herramienta multiusos indispensable para cualquier latinoamericano. En cuanto al dron, preferimos no jugárnosla: lo dejamos en casa de la familia de Miguel en Costa Rica y su hermano nos lo trajo a Guatemala semanas después. Muchos viajeros optan por enviarlos directamente por DHL para evitar el decomiso en la frontera.
La guerra por la Palabra
El miedo a la rebelión ha silenciado al país. Ya no hay periódicos independientes; la información está secuestrada por el canal oficial y los periodistas trabajan bajo la amenaza constante de la cárcel, los pocos que aún se atreven y viven en el país. La censura ha llegado a rozar el surrealismo: se ha prohibido la entrada de biblias y de cualquier texto que pueda suponer un peligro al régimen.

¿Cómo lo aplican en la frontera? Es una lotería. Nosotros tuvimos suerte y apenas nos controlaron, a pesar de que llevamos una biblia en el coche que nos habían regalado hace tiempo.
Lo más curioso es la guerra abierta contra la Iglesia. Desde que las instituciones religiosas apoyaron las protestas de 2018, Ortega se lleva a matar con los obispos. En todo caso, solo se aceptan los ideales de Rosario. Esto ha llevado a situaciones insólitas: mientras se persigue al catolicismo, el sistema de salud nicaragüense financia terapias alternativas sin base científica, muchas de ellas prohibidas en otros países.
Nicaragua es hoy una ambigüedad constante y dolorosa. Una cúpula que demuestra que no le importa el precio a pagar, ya sea en plata o en libertades, con tal de mantener el control absoluto.

