«No os podéis perder Utah», nos dicen por todas partes. Cada viajero que nos cruzamos nos recomienda adaptar nuestra ruta y visitar la región. Dicen que las rocas rojas que caracterizan a sus parques nacionales son lo mejor de Estados Unidos. Que su cielo despejado lleno de estrellas es uno de los más hermosos del mundo. Y que las rutas off-road que atraviesan el estado se encuentran entre las más emocionantes y variadas que existen.
Empezamos nuestro viaje por Estados Unidos llenos de expectativas y, sobre todo, con ganas de llegar a Utah. Al final, sin embargo, el estado, caracterizado por los tonos rojos, no logró cautivarnos; de hecho, más bien nos decepcionó.
Este estado desértico alberga cinco de los parques nacionales más bellos y famosos del país, por lo que es uno de los principales destinos para turistas nacionales e internacionales. Todo el mundo quiere una foto suya bajo uno de sus enormes arcos de piedra, especialmente porque, para muchos, un viaje a Estados Unidos sigue siendo una experiencia única en la vida.
¿De dónde viene el rojo? La geología de las rocas de Utah
No me malinterpretes; la naturaleza en Utah es fascinante. El color rojo de la tierra se debe a la oxidación: cuando el terreno erosiona, el hierro entra en contacto con el oxígeno y se oxida, adquiriendo ese tono rojizo. Así se forma la hematita, un pigmento muy potente que, debido a la continua erosión, se deposita sobre la arena y las rocas, haciendo que todo parezca rojo.



En el pasado, Utah fue un gran desierto situado cerca de un océano. El agua superficial, rica en oxígeno, facilitó la oxidación de la hematita y, con el paso del tiempo, dio origen a la arenisca roja. Dependiendo de si hay otros minerales en la mezcla, el color de la oxidación varía del típico rojo, dando lugar a tierras amarillas, naranjas o marrones. A esto se suma el blanco descolorido: como la arenisca es muy permeable, el agua se lleva la hematita a lo largo de millones de años hasta que no quedan pigmentos en la roca (una descripción más detallada hay en inglés en Wilderness Commonsense).
Queríamos ver este prodigio de cerca. Así que, nuestro primer destino fue el Parque Nacional Zion. Al llegar a la entrada, llegó la desilusión: gente por todas partes, ni un aparcamiento libre y retenciones en las taquillas. ¿Hacer senderismo? Impensable. Ni siquiera podíamos estacionar el coche un momento para ir al baño. Por supuesto, era fin de semana, lo que sumaba aún más personas.
El precio del éxito de la campaña «Mighty 5»
Pronto aprendimos que, por desgracia, las masas de gente son tan espectaculares como los propios colores. Allá por 2013, Utah lanzó la campaña turística «Mighty 5» con el objetivo de atraer a algo más que sus «habituales» 6 millones de turistas al año. Querían que el estado federal dejara de asociarse únicamente con los mormones y se diera a conocer como un destino de naturaleza.
Solo tres años después del lanzamiento, en 2016, ya eran 10 millones los turistas que visitaban estos cinco famosos parques nacionales. La campaña tuvo tanto éxito que, diez años después, Utah se ha convertido en uno de los destinos más célebres de Estados Unidos.
Tras la pandemia, y gracias al auge del turismo de naturaleza y aventura, la cifra se ha estabilizado en unos 11 millones de visitantes anuales en los parques nacionales. Casi la mitad —cinco millones— visitaron Zion. De ahí semejante masificación, y eso a pesar de que las cifras parecen haber disminuido ligeramente.
Como no pudimos usar los baños a la entrada de Zion, paramos de camino en otro centro de visitantes. Obviamente, allí tampoco había aparcamiento, pero al menos encontramos un baño abierto y un bordillo.
Durante el trayecto intentamos «ver» solo las rocas con sus inmensas tonalidades de rojo y las preciosas ondulaciones y patrones esculpidos por el viento y el agua. Sin embargo, parece que cada turista —incluidos nosotros— parece quedarse un trozo de la magia del parque para sí mismo, algún día se agotará. Lo que quedará será puro tráfico, multitudes y mucho ruido.


El sistema de permisos: una lotería que se paga dos veces
Fue en Utah donde nos topamos con otro fenómeno de masas. Muchos senderos, tanto dentro como fuera de los parques, requieren un permiso. De este modo se controlan las aglomeraciones y se minimiza el impacto ambiental en la naturaleza. En principio, parece una buena idea.
El problema es que, para conseguir dicho permiso, hay que participar en una lotería. Ya solo por inscribirse se paga una pequeña tasa de unos 10 dólares. Si tienes la inmensa fortuna de ganar un pase, te toca volver a pasar por caja para que finalmente te dejen acceder al sendero.
El boom por vivir experiencias en plena naturaleza ha obligado a restringir el acceso a la misma, sobre todo en las rutas más espectaculares. Es necesario gestionar el flujo de turistas y senderistas si se quiere conservar estas atracciones para las futuras generaciones.
No obstante, la plataforma de reservas Recreation.gov es objeto de críticas, ya que la gestiona una empresa externa que se queda con estas tasas no reembolsables. Da la impresión de que la mayor parte del dinero ingresado por las loterías ni siquiera llega a los parques, que es donde realmente se necesita.

Los parques nacionales de Utah exigen mucha paciencia o una planificación milimétrica
Ya habíamos oído hablar de esto, pero vivirlo en persona resultó más frustrante de lo esperado. Las multitudes, la dificultad para conseguir los permisos y la necesidad de planificar con meses de antelación cambiaron por completo nuestra forma de viajar. La mayoría de estos pases se ponen en venta en invierno; si no estás frente al ordenador en el segundo exacto para conseguirlos, te encuentras con que toda la temporada se agota al instante.
Hay rutas 4×4 en el Parque Nacional Canyonlands donde otros viajeros nos habían dicho que se podía entrar de forma espontánea. En nuestro caso, a principios de la temporada alta, ya solo quedaba una plaza para dentro de dos semanas.
Hacer algo improvisado ya no es una opción en Estados Unidos, y menos si es en los alrededores de un lugar que esté de moda. Todavía quedan rutas hermosas de libre acceso y paisajes maravillosos, pero requiere invertir tiempo adicional para encontrarlos.
Las condiciones que nos encontramos empañaron un poco nuestro estado de ánimo durante el viaje por Utah. Sí, las formaciones rocosas son impresionantes, sobre todo con la luz del amanecer. Sin embargo, simplemente fotografiar los arcos de piedra en el Parque Nacional Arches en plena noche y sin gente exige una sincronización al segundo, y durante el crepúsculo es una misión imposible.


En el Parque Nacional Bryce hay que ir con cuidado de no acabar siendo empujado por alguna fotógrafa demasiado entusiasta que intenta colarse a la fuerza al borde del precipicio. Sobre todo, teniendo en cuenta que no todo el desfiladero cuenta con barandillas.
Entrar a un parque de improviso y decidir sobre la marcha qué ruta hacer era inviable. Aunque la Semana Santa acababa de pasar, varios guardaparques nos confirmaron que actualmente está así de lleno durante todo el año.
Decidimos adaptar nuestra ruta. Buscamos alternativas, incluyendo pistas secundarias o backcountry roads, y nos mantuvimos alejados de varios puntos turísticos importantes. Por eso decidimos saltarnos el Gran Cañón, que está al lado, en Arizona; también influyó que la zona norte seguía cerrada por la temporada invernal y no era accesible. Una pena, porque esa parte más remota habría sido, sin duda, una gran aventura.
Utah es y seguirá siendo un lugar bellísimo, pero vale la pena visitarlo completamente fuera de temporada, especialmente en otoño antes de que empiecen las nevadas. En cuanto cae la nieve, todo queda cerrado desde el invierno hasta bien entrada la primavera.

