Nuestra experiencia en Sudamérica
El turismo es una importante fuente de ingresos para muchos países. Según Naciones Unidas Turismo, el sector alcanzó el año pasado los niveles anteriores a la pandemia, con 1.400 millones de turistas. Además alcanza un volumen de negocio de más de 1,9 billones de dólares, el 10% de la población mundial trabaja por y para el turismo.
América del Sur también depende ampliamente del turismo. Los estados y muchas familias sufren cuando los disturbios alejan a los turistas. Pero no todo el turismo es igual. Hay diferentes formas de viajar. En el caso del turismo de naturaleza es impresionante ver cómo se saca provecho. Más aún desde la pandemia, ya que mucha más gente busca experiencias «únicas» en plena naturaleza.
Dos semanas de vacaciones y mucho dinero

A nosotros el tema nos complica el viaje porque nos gustaría visitar proyectos hermosos, pero los precios suelen ser altísimos y desproporcionados con respecto al coste de vida. Un turismo sencillo se ha convertido en un lujo, sobre todo para los lugareños.
Notamos bastante la influencia del «turismo rápido». Mucha gente tiene dos semanas de vacaciones al año y quiere experimentar todo lo posible en ese tiempo. No importa que una excursión para buscar serpientes con tres noches con alojamiento totalmente básico cueste 750 dólares por persona. Un salario mensual en Ecuador ronda los 470. Una oferta similar en Colombia costó 300 dólares por cuatro noches – pero eso fue hace dos años.
A organizárnoslo nosotros: Más barato y más auténtico
Intentamos organizárnoslo nosotros mismos, por ejemplo en Ecuador -por suerte tenemos el lujo del tiempo- y nos sorprendimos cuando el precio final en uno de los (muy probables) alojamientos era de 65 dólares por noche con guía y comida. ¿Adónde va todo ese dinero? Repito, no habíamos pedido un presupuesto para un viaje de lujo.
En comparación, la oferta de alojarse en un resort del Amazonas brasileño por 250 dólares la noche resulta casi barata. Lo mismo nos pasó con una finca, primero preguntamos a una agencia pero no reservamos. Cuando estuvimos allí, los precios eran mucho más bajos; bueno tuvimos muchísima suerte, nos invitaron a alojarnos gratis justo antes de Navidad.
Precios altos, servicio malo
Nuestra mayor ventaja en comparación con otros viajeros es el tiempo. Además, podemos comprobar en persona si los precios son justos. A menudo hablamos de ello con los lugareños. Si las ofertas son muy superiores al salario mínimo del país, hay que preguntarse si tiene sentido la oferta.
Pero si reservas desde el extranjero y no conoces la región, es difícil juzgar y además quieres disfrutar todo lo que puedas durante tus vacaciones.
Otro ejemplo despampanante fue Colombia. Nos ofrecieron tres días en el Parque Nacional de La Macarena por 500 dólares por persona, sin hacer nada fuera de lo normal porque el río no estaba tintado de rojo (época del año equivocada).
Al parecer, además el precio no incluía IVA, ya que la temporada aún no había empezado y el ayuntamiento no tenía activa la plataforma donde registrar a los visitantes. Lo único que podría explicar un poco el precio son los pagos forzosos a la guerrilla, presente en toda la zona. Al final, acabamos haciendo el recorrido por nuestra cuenta y ayudando a los guerrilleros a salir del lodo.


Dos mundos: Turistas y lugareños
Como ya se ha dicho, las realidades de los lugareños y de las empresas turísticas distan mucho. El salario mínimo en Colombia es de 340 dólares.
Hemos hablado con algunos conocidos sobre este tema, ni siquiera se plantean poder permitírselo a pesar de tener un trabajo normal (enfermero en un hospital, miembro del ejército). Apenas conocen su región. En los lugares turísticos solo nos encontramos con europeos o norteamericanos.
Parques naturales: entre la conservación y el comercio
Otro factor importante en Sudamérica son los parques nacionales, la mayoría de los cuales cobran entrada. O son de propiedad privada y, por tanto, pueden cobrar mucho.
Es estupendo ver cómo los lugareños quieren proteger su naturaleza con proyectos de este tipo, así que entendemos que cuesta algo.
Pero incluso los parques estatales, que en Europa son gratuitos, cuestan algo; o simplemente una corta ruta de senderismo sin problemas cuesta 4 dólares por persona.
Estamos acostumbrados a que las cosas sean diferentes y apreciamos mucho que en Europa tengamos el privilegio de no tener que pagar por cada paso que damos en la naturaleza.
Mucho contenido, poca información
Otro fenómeno que nos saca de quicio son las propias consultas. Suele ocurrir que cuando una agencia tiene lazos con EE.UU. no muestra los precios en la página web. Así de antemano, ya sabemos que será caro.
En sí no es un problema. Pero cuando preguntamos y explicamos exactamente lo que tenemos en mente, estaría bien que nos dieran un precio.
Sin embargo, hay que intercambiar muchísimos mensajes antes de que te den un precio, si es que te lo llegan a dar. Esto es muy molesto y desperdicia mucho tiempo. Si supiéramos desde el principio lo que va a costar, no tendríamos que enviar 40 mensajes cuando se sale de nuestro presupuesto.
Hemos llegado al punto en el que dejamos de escribir cuando vemos que las cosas se complican.
Cuando el turismo cambia el lugar


El turismo sube los precios y baja la calidad. Por lo general, evitamos los lugares muy turísticos.
Es cierto que a menudo son lugares hermosos (o lo eran), pero están arruinados por la falta de planificación. Por desgracia.
En Ecuador, en el Lago Quilotoa, encontramos un caos de restaurantes y tiendas junto a un cráter volcánico. El cráter es precioso, pero 6 dólares por el mismo menú, que de otro modo cuesta 3 (y es peor), es desproporcionado.
Las numerosas tiendas de mal gusto y rápida construcción, todas vendiendo lo mismo, también destruyen lo que una vez fue sin duda un bonito pueblecito.
Turismo y lógica de precios: el ejemplo de Cotopaxi
Más ejemplos, el Parque Nacional de Cotopaxi, en Ecuador. Allí, el menú del día en la cabaña costaba 3,5 dólares. En el restaurante turístico, 21 dólares.
Para ser justos, la calidad era mejor y uno tenía tres platos, el otro sólo dos. Pero lo que nos encantó fue el razonamiento para el elevado precio: estaban muy lejos y no tenían electricidad.
Bueno, la cabaña de al lado tampoco tenía luz. Y una hora en coche hasta Quito, la capital, no es que sea estar lejos. Hemos comido mejor y más barato en pueblos perdidos a 12 horas de la gasolinera más cercana.
Esto es turismo
Por supuesto, entendemos que la gente quiera darse un capricho cuando se va de vacaciones tan lejos.
Aunque esto también significa que la realidad de los precios dista cada vez más de la realidad en el país. Los proveedores pueden cobrar lo que quieran: la mayoría de la gente paga.
También somos privilegiados porque tenemos tiempo y podemos llegar a muchos sitios por nuestra cuenta, lo sabemos.