Civilisaciones prehispánicas: Chachapoyas
«Aquí se ve todo: los sarcófagos, la cultura, los restos», nos explica Sonia Bautista cuando llegamos a lo alto de la pared rocosa y nos adentramos por un día en la cultura de los chachapoyas con ella. Casi al final de nuestro viaje por Perú, nos encontramos con un antiguo pueblo casi totalmente desconocido en Europa. Hace unos años les dieron mucho bombo porque descubrieron más sarcófagos.
Ahora bien, que nadie se imagine grandes pirámides egipcias rodeadas en medio del desierto. Los chachapoyas vivían en una región montañosa de los Andes y enterraban a sus muertos en las escarpadas paredes rocosas. Accesible para todo el mundo, siempre que se esté en forma y se maneje en caminos rocosos. La selva protegió a los chachapoyas, escondiéndolos de conquistadores y saqueadores, y hoy sus restos están reapareciendo lentamente debido a la deforestación.
No fue hasta 2006, explica Sonia, cuando los habitantes de la aldea descubrieron las tumbas, pero no sabían qué hacer con ellas. No se pudo acceder al yacimiento hasta 2012, cuando se envió a la aldea de San Gerónimo a un maestro que las redescubrió y supo darles la importancia que tenían. El maestro animó a la comunidad a construir un sendero con puentecitos y a invitar a la televisión peruana. Sin embargo, el yacimiento nunca llegó a ser muy conocido y, por tanto, no está masificado. Qué suerte para nosotros – y para ellos.
La única pista: una ubicación de Google

El pueblo de San Gerónimo está a cinco kilómetros del yacimiento. La carretera hasta allí es empinada y sinuosa, pero en bastante buen estado. Nos perdimos una vez por seguir las indicaciones de Google Maps en lugar de las señales de tráfico.
Una hora después, llegamos al pueblo. Se trata de un pueblecito de montaña con una escuela sorprendentemente bonita. Está habitado, bastante animado, pero tenemos que preguntar porque no vemos ninguna señal hacia el Cerro del Tigre, que es como se llaman oficialmente las tumbas. Sin embargo, los lugareños nos ayudan de inmediato, llaman al responsable y nos hacen esperar.
Treinta minutos más tarde, nos indican que sigamos subiendo hasta un kilómetro y medio, donde habrá alguien esperándonos. Efectivamente, Sonia nos saluda desde una casita un poco elevada. Casi la hemos pasado por alto. Al principio no estamos muy convencidos, pero nos detenemos a hablar un rato con ella. El aparcamiento está al borde de la pista y nos quedamos pensando que ojalá no se desplome el camino.
Nos parece un poco caro; estamos acostumbrados a otros precios en Perú, excepto en Cuzco y sus alrededores. Cuesta 20 euros para dos personas con un guía privado. Como solo hemos oído cosas buenas y aún no hemos visto los sarcófagos, decidimos ir.
Más tarde, Sonia nos explica por qué la hemos encontrado con tanta facilidad: pagan 5 soles a quien la llame. El precio también está justificado: 10 soles por persona van directamente a la comunidad, que ahora los está utilizando para construir un nuevo «hogar comunal de material noble más bonito». En Perú, lo que ellos llaman material noble es hormigón y ladrillo. El guía se queda con el resto como pago por sus horas de trabajo. En total, 80 soles, unos 20 euros.
Prados, bosques y tumbas


Subimos por un camino embarrado. Sonia en chanclas, una botellita de agua en la mano, nosotros con botas de montaña y mochila. Luego continuamos a través de prados, bajo árboles de quinina, cruzamos un pequeño puente de madera y subimos por un camino muy empinado en mitad del bosque.
Unos 3,5 kilómetros en aproximadamente una hora, con muchas paradas para tomar fotos, y al final giramos a la derecha y allí estaban: restos de los templos en medio de la pared. Antiguos restos de hogueras, huesos humanos y construcciones de adobe.
La cultura chachapoyas se remonta al siglo IX y nos ha dejado muchas pinturas rupestres, así como templos y tumbas. Hacia 1470, los chachapoyas pasaron a formar parte del Imperio inca. «Justo a la entrada vemos los círculos. Si el plano es circular se dice con toda seguridad que es de la cultura chachapoyas, cerca del pueblo viejo vemos cuatro ángulos, así que con toda certeza es de los incas», dice Sonia. «Acá tenemos tumbas en circular, hay un revoque bien preparado con los colores vivos, claros, a pesar de los años que han pasado. El color se sacaba de la corteza de los árboles y se mantiene hasta ahora».
El yacimiento chachapoya más famoso es Kuélap, pero como está tan al sur, decidimos no ir. También es más turístico y menos aventurero. Entonces vimos este lugar en el mapa y, obviamente, teníamos que ir. Una vez más, mereció la pena.
Mausoleos y sarcófagos en la pared rocosa
Lo más destacable de la cultura chachapoyas fueron las tumbas. Había dos tipos: mausoleos en pequeñas cuevas, como tumbas comunales, y sarcófagos, como tumbas individuales. Estos últimos se colocaban siempre en laderas rocosas de acceso aún más difícil. Justo donde nos encontrábamos.
Tras pasar los templos, continuamos por la ladera. Hay varias cuevas con huesos humanos. Todos siguen allí. Como ya se ha dicho, no se ha tocado nada, solo se ha puesto una cuerda para que la gente no pise los restos. Un poco más adelante, nos situamos bajo un saliente y Sonia nos muestra una pequeña pasarela de madera que conduce a un árbol. La estabilidad de la plataforma parece dudosa. Tenemos que subir de uno en uno, ya que no es tan seguro como para que puedan subir dos personas a la vez. El conjunto se tambalea un poco y no transmite una gran sensación de seguridad, pero si uno ya ha llegado hasta allí… no le queda otra que subir.


Así que, a agarrarse bien, subir peldaño por peldaño, darse la vuelta, sentarse y… ¡vaya! Ahí están, a menos de diez metros: trece pequeños y relucientes sarcófagos. Las familias aristocráticas eran enterradas en los sarcófagos y los plebeyos en las cuevas. Es increíble que estén tan bien conservados, con pinturas de entre 500 y 600 años de antigüedad.
Es aún más increíble que no los hayan saqueado. Le pregunto a Sonia: en uno de los templos desapareció una pequeña momia. Pero tienen la suerte de que no sea tan fácil llegar hasta ellos. Un poco más arriba en la montaña hay más restos que ver y eso supondría una aventura mucho mayor. Ya han intentado varias veces encontrar una ruta segura desde el pueblo, pero sin éxito hasta ahora. Nos planteamos preguntarle si conoce a alguien que pueda guiarnos hasta allí, pero finalmente lo descartamos. Ya que, tampoco tenemos tanto tiempo para tanta aventura.


Una ofrenda un poco diferente
Disfrutamos cada segundo que estuvimos allí. Esperamos a que dejara de llover y Sonia dejó una pequeña ofrenda en el altar. Hay tres cráneos humanos rodeados de alcohol y cigarrillos. «Yo siempre traigo la coca, hago mi cruz y le dejo dándole para que te cuide y te dé más fuerzas y tengas una energía más fuerte», dice Sonia.

Nosotros no llevábamos ninguna de las ofrendas habituales, pero Miguel encuentra gominolas y las colocamos también. Quizá los antepasados se alegren y nos den parte de esa fuerza y energía para el viaje. Siempre viene bien.
Ahora que lo pensamos, quizá ya lo hayan hecho, porque ha sido uno de esos días que no olvidaremos y que contaremos a todo el que quiera escucharnos.
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